Los Felipes o el Clan del Ridículo

El clan del rídiculo1Muy mal deben andar los sondeos de la Casa Real para que se hayan montado el show del “te quito el título de duquesa” entre el Rey Felipe y la Infanta, su hermana. Cabe pensar que es un acto reflejo ante los resultados de las recientes elecciones: no es preciso un sondeo, viendo los resultados del Podemos y el resto de la izquierda, que en este país hay cada día menos monárquicos. No debe quedar ni uno en la izquierda (incluidos los votantes del Psoe, no sus líderes) y en la derecha liberal ya se sabe que la cosa va dividida si se habla del mantenimiento de la monarquía. Los esfuerzos de los medios, tanto en el plasma que señorea los salones y comedores de los hogares españoles como en las cuatro malas letras de los periodistas de la casta (desde El País al ABC), para disimular el desprestigio de la monarquía y la, cada día, mayor desafección de los españoles por la monarquía de los Borbones, palidecen ante los resultados electorales, única encuesta que uno se puede tomar medio en serio en este país de trileros. En definitiva, la realidad es que los republicanos son mayoría y que si se dejase votar al pueblo, con libertad, sin amenazas y con campaña electoral limpia, sobre si quieren que la familia de los Borbones siga rigiendo nuestras vidas al módico coste económico conocido de 8 millones anuales y al coste ético y moral de asumir que hay un español que está por encima de la ley y de todos los demás, el resultado de la votación sería NO. Los españoles son mayoritariamente republicanos. Aunque sean republicanos amordazados, a quienes ni se abre la puerta en los mass media oligárquicos, tanto todas las TV’s -públicas o privadas, tanto da- como en la prensa nacional y sus grandes grupos de presión.
Pero volvamos al paripé de estos días. ¡Vaya culebrón nos están montando! Ahora resulta que la Infantita dice que no la han echado, si no que es ella la que, muy dignamente, se ha ido. Y exhibe una carta de renuncia anterior a la decisión real. Parece que anda a la greña el Felipin con su hermana. ¿Es eso creíble? Pues más parece una táctica publicitaria que nos cuenta un relato para que quede claro que el Rey Felipe se lleva fatal con su hermana. Y, como su hermana es la imagen de la Corrupción, la respuesta que se busca en el espectador -todos nosotros- es que el Rey anda a la greña con la Corrupción y ésta se resiste marrulleramente enseñando la privada correspondencia. Un relato, poco más. Poco o nada creíble: estos tíos no dejan cabos sueltos; al menos no tan gruesos como cartas manuscritas que se puedan exhibir públicamente. No, la cartita y la “rebelión” de la infantita ya estaban en el guión, no lo duden ustedes.
La monarquía cae en el pozo del desprestigio, entre otras cosas, porque el pueblo intuye que la monstruosa corrupción que nos ha llevado a la miseria ha podido crecer como la hiedra gracias al paraguas de los Borbones. ¿Se puede esperar algo de una dinastía que tuvo a Fernando VII como líder en el siglo XIX? ¡Vaya genes, oigan! A la vista de todos está la degeneración mal disimulada de Juan Carlos, el sucesor en la Jefatura del Estado nombrado por Francisco Franco en el 67, a pesar de los esfuerzos realizados para moderar la crueldad de los chistes que sobre él hacía el pueblo y disimularlos “cariñosamente” en los medios de comunicación. Posiblemente el maridaje con la periodista pretendía que entrase algo de aire limpio en la sala corrupta de los mefíticos genes borbónicos. Quien sabe…
Pero el resultado del paripé es el ridículo. Felipe hace el ridículo tomando como enemiga a su hermana, pretendiendo alejarse de su propia sangre, desmentido por su madre que se chotea a las puertas suizas del hogar de la Infanta (siempre Suiza). Felipe hace el ridículo, entre otras cosas, porque el gesto, además de innecesario, es sobreactuado. Como si un elefante quisiera convencernos de su ligereza dándole un pisotón a una hormiga: un contrasentido. O se es Rey, o se es un villano: y Felipe ha escogido lo segundo.
Felipe hace el ridículo, digo, también porque su gesto hacía su hermana carece de ejemplaridad (que es precisamente lo que busca). Y carece de ejemplaridad porque, en caso de ser cierta su intención, no sería más que el acto de un déspota que, además, niega lo que su padre otorgó. Carece de ejemplaridad porque es el acto de un abusón: el puede hacer lo que le venga en gana, ¡para algo es el rey! El poder absoluto, mal disimulado, de la Jefatura del Estado que nos dejó Franco se muestra en estos actos excepcionales: ¿acaso alguien ha olvidado que en el 81 el Golpe de Estado Militar sólo se retiró cuando lo ordenó Juan Carlos? Si eso no es tener poder, que venga dios y lo diga… Felipe comente un abuso para las mentes sencillas: un acto de propaganda que sólo tiene como receptores pasivos a quienes no se plantean la divinidad y lo guapo que es el rey. En definitiva, busca el apoyo de los simples pues en otros ámbitos intuye que le queda poco que rascar.
Solo se me ocurre algo tan ridículo sucedido recientemente; y, convendrán ustedes conmigo, que eso, en esta piel de toro del esperpento es decir mucho. El viaje de Felipe Gonzalez a Venezuela, con el fin obvio de hacer campaña contra Podemos, que ha terminado siendo un insulto realizado por este tipo en nombre del estado español -al que representa en calidad de ex presidente del gobierno y miembro del Consejo de Estado- dirigido a todos aquellos que padecen opresión de dictaduras amigas como Egipto, Marruecos, Irak, Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos Árabes y tantos otros horripilantes regímenes en África y Asia con los que tiene excelentes relaciones y donde unas elecciones como las que se suceden en Venezuela están vetadas (tan buenas relaciones como las que tienen los Borbones, por cierto). Ahí, Glez, ha hecho el mayor de los ridículos y lo ha colmado con su espantada final, saliendo por patas del país. Le han recordado desde la Corrupción del Pelotazo al Gal, desde la patada en la puerta a la sumisión de nuestros aeropuertos a las naves que llevan secuestrados de la CIA para ser torturados impunemente en las cárceles “secretas” que hay en esos países amigos (amigos de los Borbones, de Glez y de la cia, no de sus pueblos a los que someten cruelmente). Le han recordado, en definitiva, su sumisión a los poderes fácticos, al neoliberalismo protector de oligarquías, a los banqueros y a las multinacionales que hoy le pagan el sueldo. Le han recordado su indignidad. O, dicho de otra manera: le han recordado que los restos de su dignidad yacen bajo la cal viva del terrorismo de Estado que amparó Mister X.
En fin, que terminamos una semana en la que hacer el ridículo ha sido el denominador común de los Felipes y las altas instancias del Estado español.
Quizás algún día, cuando esto vuelva a ser una república, podremos juzgar a nuestros jefes de estado y a nuestros presidentes de gobierno como ocurre, por ejemplo en Francia o en Estados Unidos.
Aquí, de momento y mientras no se convoque un referéndum que nos deje votar la monarquía -y botarla, también- la corrupción el ridículo andarán parejos bajo la sombra protectora del reinado de los Borbones.

Felipe en la Caverna: cómo se gestó el Regimen del 78.

Felipe Gonzáles en la Caverna El corredor se enroscaba en el subsuelo como una tenia viscosa y húmeda hasta una sala circular de paredes terrosas. En el centro, una tosca mesa de hierro; sobre ella, un teléfono rojo, un cenicero y una libreta. Ocho sillas acolchadas, tachonadas de piel, aguardaban recostadas en la pared cavernaria. Se preguntó si iban a ser ocho los participantes en aquella reunión; tal vez el número de sillas era aleatorio. Quizá sería mejor hablar de sillones, reflexionó, por los apoyabrazos; no tenía claro en qué momento unos escuetos apoyabrazos convierten una silla en un sillón.
El uniformado que le había acompañado hasta allí se dio la vuelta y partió sin despedirse antes de cruzar el dintel de la puerta. Estaba solo; todavía no había llegado nadie y tampoco estaba muy seguro sobre quiénes acudirían a la cita. Ni siquiera conservaba la tarjeta de invitación, el uniformado no se la devolvió, la guardó en la carpeta que sostenía en la diestra en cuanto iniciaron el descenso. Así, que era el primero en llegar. Aproximó una silla a la mesa, se sentó y le vino a la cabeza lo de los apoyabrazos como vienen tantos otros pensamientos, como sin querer. Hacía tiempo que desconfiaba de ese tipo de ocurrencias, aparentemente casuales, que brotan en la mente como setas; tenía la sensación de que ocultan algo. Porque el tema que iban a tratar en la reunión tenía mucho que ver con eso de convertirse. Si una silla con apoyabrazos se transforma en un sillón; ¿qué precisa un pequeño partido político para convertirse en mayoritario, en el gran partido de la nación?, ¿apoyabrazos? Sonrió “perder el sentido del humor no tiene sentido”, se dijo. Pero sin apoyabrazos un partido pequeño como el suyo difícilmente se sostendría en la nueva silla de la democracia naciente. Y él quería prosperar.
Una luz falsa de neón alumbraba la estancia; todo en ella, la superficie de la mesa, el teléfono, la libreta, el cenicero, las sillas junto a la pared y la misma pared, resultaba impreciso. La pared era lo más inquietante, cóncava, sin fisuras; si alguna vez alguien os pregunta cómo será una estancia que sólo tenga una pared sólo cabe dar una respuesta: circular. Fácil. Es curioso en que se entretiene la mente en ocasiones, reflexionó nuevamente Felipe; dejaba divagar la suya atento a los chispazos que pudieran encubrir otras intuiciones. Él era un hombre de acción, rápido, perspicaz, y esas intuiciones eran las que le habían llevado hasta aquel lugar del que pensaba salir con un gran futuro, o con nada. Tenía gran confianza en sí mismo, a cara y cruz siempre ganó; y casi siempre gracias a aquellas intuiciones. Al menos, hasta la fecha. Convertirse era lo importante…
“No, lo importante es lo que se consigue con la conversión”, rectificó mentalmente.
– Veo que ya ha llegado, Sr. González.
Conocía aquella cara.
Henry se quitó las gafas, se restregó los ojos y se las puso de nuevo.
– Se me hace cada vez más difícil dormir en el avión.
Una frase banal, quizá con la intención de iniciar conversación, cada cual tiene motivos para su fatiga que a nadie importan. Felipe apenas había dormido la noche anterior, estuvieron hablando con Alfonso, Benegas y los demás hasta que clareó el día. Tomaron notas de lo convenido tras sopesar diferentes opciones. Unas notas sin firma, sin identificación, sólo para ellos; para que ninguno pudiera decirle nunca a otro que no habían convenido esos puntos. Todos sabían bien de qué iba todo aquello, tampoco era la primera vez que tendría lugar una reunión con alguien del “el Grupo”, pero era la primera vez que estaría Henry. Con él, era la primera vez; al menos, en persona; Wylli, era otra cosa: un viejo amigo que, de una u otra forma, hacía años les echaba una mano y algún consejo: “llegará vuestro momento, tened paciencia” le había dicho en más de una ocasión con su inglés de acento germánico. Después de Suressnes, Wylli les quiso aún más.
– Café, o algo parecido… Henry. Yo también lo preciso, hemos dormido poco esta noche con los compañeros…
Con un leve siseo se desplazó un segmento de la pared de la covacha dejando un hueco tras el que se adivinaba un pasillo. Por él, entró una señora con una bandeja con dos tazas y una cafetera. Dejó una taza delante de cada cual, además de un azucarero y unas pequeñas servilletas, las llenó y despareció por donde había venido.
-¿Es casual?- pregunto Felipe, traicionando su costumbre de dar rodeos antes de abordar ninguna cuestión. Pero acaso no tendría otra ocasión de preguntárselo y quizá pillaba desprevenido al Secretario de Estado americano.
– ¿El qué?- pareció desconcertado o lo simuló, Henry.
– El que nos encontremos primero usted y yo. Antes…
– ¿Y por qué razón iba a ser casual? En algún orden hay que ir llegando, no cree… -educado y ácido a un tiempo, contestó el Secretario de Estado.
A Felipe le molestaba que no le mirasen a los ojos mientras hablaban y Henry tenía la vista perdida en la taza de humeante café.
– Podría ser por que quisiera usted decirme algo, sin testigos… -no estaba dispuesto a ceder ante la astucia o el sarcasmo del judío. Nada era nunca casual. Y menos con tipos como éste.
Henry sorbió y luego levantó el mentón y la mirada. Pareció sopesar algo. Levantó la mano como un guardia en un stop, como indicando que callase.
– ¿Sabe, sr González, qué hemos venido a hacer hoy aquí? ¿Sabe a qué he venido?
Ahora, le pilló desprevenido a él, el tono directo del Secretario de Estado. Henry no había levantado la voz; es más casi había susurrado aquellas frases. Pero a Felipe le llenaron el pabellón auditivo como una explosión. Así que no era casual, no: Henry quería decirle algo sin que los demás estuviesen presentes. Optó por enarcar las cejas y no decir nada; mejor esperar a que el otro se explicase.
– Sr González, como usted sin duda sabe, mi país tiene un gran interés en que la democracia llegue también al suyo…- sorbió café y se limpió los labios con una servilleta- Pero, eso, usted ya lo sabe, claro. Lo que yo quiero que me diga ahora es si esa democracia será amiga de mi país o no.
Debajo de sus gruesas cejas canosas el rostro de Henry quedó imperturbable, hierático. A Felipe el pareció que los ojos del Secretario de Estado, pequeños y profundos, se hacían todavía más oscuros y expectantes. Algo debía responderle, es lo que se esperaba de él, que clarificase sus lealtades.
– Sr Kissinger, si lo que me está preguntando es si España seguirá siendo un país amigo de los Estados Unidos en el caso de que los socialistas lleguemos al gobierno, se lo confirmo. Siempre hemos dicho que nuestro lugar está con la libertad… -Felipe sabía de la debilidad de los americanos por el concepto de Libertad; habían hablado de ello la noche anterior con los compañeros: la libertad, las libertades… -Sr. Secretario de Estado, los españoles salimos de un Régimen dictatorial muy largo y hemos carecido demasiado de libertad como para que ahora no la apreciemos.
– ¿La defenderán con nosotros, esa Libertad?
“Vaya, cuando quiere va al grano” pensó Felipe. Al fin, el tema había salido: y el tema tenía nombre, en inglés NATO, en castellano OTAN.
– Ustedes llevan en su programa, y manifiestan en sus discursos, que no quieren colaborar en el bloque occidental de defensa en el que participamos las demás democracias… -añadió Henry.
– Pero… -le interrumpió Felipe, su olfato le decía que debía zanjar esta cuestión o la reunión de luego apenas tendría importancia- Escúcheme, sr Kissinger; escuche lo que voy a decirle y verá cómo nuestras posiciones no son, en el fondo, tan distantes.
Se miraban a los ojos. El viejo zorro desde la fronda de sus cejas, titilando inteligencia en los ojillos, tras los anteojos de pasta. Felipe, preguntándose -y se lo seguiría preguntando el resto de su vida- si Henry sabía lo que iba a escuchar; si anticipaba sus intenciones. Porque era posible -así lo consideró muchas veces después de aquel encuentro- que el Secretario de Estado americano le hubiera dejado hablar sólo por diplomacia, para que pareciera que aquello no era una imposición; obviamente, sin su apoyo, el PSOE tenía pocas probabilidades de llegar a ninguna parte: 1.500 militantes y 125.000 pesetas de presupuesto… en fin, una miseria si se comparaba al PCE. Necesitaban, sobre todo, dinero. Ganar elecciones cuesta mucho dinero: medios de comunicación afines, asesores, publicidad, convenciones etc.… Sin contar con que deberían fichar a mucha gente que no militaba en el partido, profesionales respetados que como mucho serían meros simpatizantes o vendrían por interés económico. Tras un breve silencio, continuó.
– Escúcheme bien -reiteró-, en nuestro programa electoral, en nuestras manifestaciones texto transicion cavernapúblicas el asunto de la NATO, de momento, debe quedar claro para nuestro electorado. Y nuestro electorado, ahora, no quiere saber nada de la NATO. Demasiados años han apoyado ustedes al dictador, y eso no ha pasado desapercibido para muchos españoles. Sobre todo, para aquellos más activos políticamente. No puedo presentarme a unas elecciones, hoy, diciendo que soy socialista, que represento a la izquierda española y que, al mismo tiempo, quiero que España sea miembro de la NATO. Eso imposibilitaría nuestro acceso al gobierno y sólo haría que reforzar los resultados de los comunistas del PCE.
– Algo que ni usted ni yo deseamos, ¿verdad? -se le adelantó Henry- Vale, veo que es consciente de la situación, sr González. ¿Qué nos propone usted, entonces? Porque ya sabe cuán importantes son para nosotros las consideraciones geoestratégicas. Estamos en guerra con la URSS: y en este conflicto no hay lugar para neutralidades.
– Sr Kissinger, mi propuesta es la siguiente: estoy en condiciones de garantizarle que una vez hayamos obtenido el Gobierno, España entrará a formar parte de la Alianza. Lo hemos hablado, y mis compañeros están de acuerdo en que si realizamos en este asunto un cambio de posición justo tras la euforia que suscitará nuestro ascenso al poder (que muchos españoles sentirán como la auténtica recuperación de la democracia) nos perdonarán ese cambio de posicionamiento. Nosotros representaremos la modernización de España, su secularización y la promesa de libertad, de educación y sanidad dignas: los españoles verán eso representado en mi partido. Para eso necesitamos la ayuda de El Grupo, su ayuda. Dinero y medios. Si nos los proporcionan, tiene Ud. mi palabra, propia y en nombre del partido, de que España entrará en la órbita de sus aliados y, finalmente, en la NATO.
-¿Aceptarán entonces el capitalismo como forma incuestionable de la economía del estado español?
– Bueno, si hemos asumido ya la Monarquía… -evidentemente, pensó Felipe, el americano no quería dejar cabos sueltos-. Además, nosotros no lo llamaremos nunca capitalismo, sino economía de mercado. Ayer, con los compañeros, llegamos a una formulación de este tema para la Constitución que hemos de redactar próximamente, y que vendrá a decir algo así como “Se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado. Los poderes públicos garantizan y protegen su ejercicio y la defensa de la productividad” de forma que cualquier veleidad igualitaria quede relegada para siempre por inconstitucional. Claro que deberá parecer que esa cláusula nos la impone la derecha… Eso sí, a cambio, España deberá progresar hasta niveles de vida similares a los de nuestro entorno y definirse, también, como un estado social…
Henry había atendido con seriedad a lo que Felipe le manifestaba, hasta que nombró los de los niveles de vida. Entonces una chispilla de ironía asomó en su mirada.
– ¡Ah, el estado del bienestar! ¡Cómo son ustedes los europeos! ¡Qué manía…! -se acercó la taza a los labios pero la devolvió a la mesa al comprobar que el café se había enfriado- Bien, nosotros no pondremos ningún impedimento al desarrollo de su espléndido y soleado país, por supuesto. Todo lo contrario, nuestras empresas están deseosas de encontrar un mercado nuevo y poder instalarse en él mejor, incluso, que hasta ahora. ¿Tengo su palabra, entonces…?
-¿?
– Sobre lo de la NATO, digo.- aclaró.
Felipe se sintió solemne y largó su mano hacía el americano. Éste la tomo decididamente.
– Tiene mi palabra, se lo reitero.
Tenía sudada la mano cuanto Henry se la devolvió.
– Pues nada más hay que hablar.
– Sobre este tema, al menos…
Se corrió de nuevo una fracción de pared de la caverna, por él entro el General V (eludimos su nombre por cuestiones de seguridad… propia). Con él entró, también, Torcuato. Se saludaron efusivamente con Henry; luego, el civil, dio a Felipe un protocolario apretón de manos. La señorita de antes entró también, añadiendo más tazas y dejando una gran jarra de vidrio llena de café humeante. En un momento, estaban todos sentados en la mesa.
– Hablábamos, General, con el Secretario General del Partido Socialista…
-Llámeme Felipe, es más corto- le interrumpió el secretario del Partido Socialista Obrero Español.
– Bueno; como le decía, General, Felipe me contaba su buena predisposición a que su ejército se integre en la alianza del Atlántico Norte…
El General, que no se había quitado la gorra de plato con las armas cruzadas y las tres estrellas de ocho puntas, le dirigió una mirada cruzada.
– No me fio de estos rojos, señor Secretario de Estado. Y le recomiendo hacer lo mismo. Si le contara yo de las artimañas del ejército de Stalin cuando fuimos los de la División Azúl… -se interrumpió bruscamente, tosió e hizo como que soplaba el café.
Torcuato le había dado una patada al General por debajo de la mesa. Felipe sonrió para sus adentros, “estos generales carecen de don de la oportunidad ¡mira que recordarles a los americanos que fueron aliado de Hitler!”
-Vamos, vamos, General, tiene que ser usted más comprensivo, los tiempos son otros… desde la segunda guerra mundial ha llovido y mucho… – el tono de Torcuato era de suma amabilidad, como si hablase a un niño- Henry, ya ves cómo nos hemos de ver: hay que derruir el edificio sobre el que hemos sostenido el edificio de España durante todos estos años y contenido el avance comunista… no sin vuestra ayuda, lo sé. Pero ahora, nuestros generales, quieren garantías de que ni el separatismo ni los rojos comunistas se nos van a colar por las puertas de la democracia…
– Entiendo, entiendo… – Kissinger, sonreía veladamente; daba la impresión de no tomarse muy en serio casi nada, y menos al general ese tan estirado que le debía recordar a sus colegas sudamericanos, que tan bien conocía.
Pareció que el General V le leyó el pensamiento, cuando dijo,
– No entiendo yo porque no podemos hacer aquí, en España, lo que hacen nuestros colegas en Argentina o mi admirado General Pinochet en Chile, señor Secretario de Estado. Estos socialistas son lobos con piel de cordero. Recuerde usted al malvado Allende…
– Con todo el respeto, mi General -se entrometió Torcuato, y añadió con firmeza-, España no es una república sudamericana. Esto es Europa. Nuestra gloriosa historia es la de una gran potencia europea y nuestra aspiración debería ser volver a serlo. Un país, un Rey, una nación unida bajo una única bandera, mi General. Eso es lo que importa. Pero con elecciones, como en toda Europa. Mire usted a Francia, a Inglaterra, a Alemania o a Italia… ¡votan y no pasa nada! El comunismo no entrará nunca en esos países, jamás gobernará. Y el separatismo que tienen es ridículo: nadie quiere salir de una gran nación europea. Al menos, nadie con sentido común. No, no tema usted, mi General.
– Bueno, bueno… – rezongó, reticente, el uniformado- Veamos, joven, ¿usted está en condiciones de prometerme que no se dejará arrastrar por el Pacto de Varsovia y sus siniestras y ateas intenciones?
– Le prometo, mi General, que mí norte es una España unida y fuerte. Donde reine la libertad y no el libertinaje. Nosotros, aunque a usted le cueste creerlo, somos gente de orden: aceptamos la monarquía, el mercado, la libre empresa… y abominamos del comunismo igualitario. Pero ya sabe usted, mi general -el tono era conciliador y explicativo a un tiempo; Felipe era consciente de que tanto Henry como Torcuato no se perdían palabra- que el pueblo español es indisciplinado e imprevisible. Como un toro bravo, puede tener un momento de furia y cometer alguna barbaridad. Pues nosotros, el Partido Socialista Obrero Español, estamos para evitar que se desmande. Nosotros canalizaremos esa furia y esa inquietud que la muerte del Generalísimo ha causado. Y le prometo, General, que si llegamos al Gobierno de la Nación, serán nuestros Ejércitos respetados y cuidados como nunca lo han sido. Porque queremos a militares como usted, preparados, con visión de futuro…
Dejó en suspenso la frase, temía que el General V se percatase de que le hacía la rosca y fuera a ofenderse.
Entonces entraron Willy y el Banquero (tampoco pondremos su nombre, por lo de la confidencialidad bancaria…). Felipe sintió una mezcla de alegría, la de ver a un amigo al fin, y de relajación. Si el Banquero había venido era porque el tema estaba muy avanzado. Seguramente, cuando salieran, el futuro ya estaría marcado.
– Señor Secretario de Estado, Señores -inició Billy su discurso- Ummh, veo que ya han despejado ustedes las cuestiones estratégicas con mi amigo Felipe. Él es un socialista como yo, como ustedes saben bien. Dispuesto a buscar el progreso de su pueblo sin mermar los derechos de los propietarios, las empresas y los defensores de la libertad frente a los comunistas. Ummh… ya veo… pero tengan en cuenta ustedes que este hombre es todavía joven. Quizás el joven con mayores aptitudes y sagacidad que haya conocido, cierto; pero sin el bagaje de gobierno que todos tenemos.
No estaba nada claro a dónde quería ir a parar su amigo; pero Felipe dejó que siguiera hablando, intentando no irritarse por el tono paternalista que gastaba con él el Canciller alemán. Éste seguía su discurso sin interrupción.
– Pues tengo que decirles yo, lo que por prudencia Felipe no dice: España debe modernizarse, habrá que poner en marcha programas sociales costosos en lo referente a la educación y la sanidad… en definitiva, no se puede pretender que se vayan acercando a la NATO sin pretender que entren a formar parte del Mercado Común. Y eso es más dinero…
Torcuato se removió en su asiento al escuchar hablar de dinero.
– Herr. Brand, tenga usted en cuenta que la oligarquía española no es rica… Si la esquilman a impuestos la economía puede hundirse, los capitales, al sentirse amenazados, huirán del país y con razón…
– Entonces, ¿Cómo piensa usted que el partido de Felipe podrá obrar cuando llegue al poder? Y esté seguro de que llegará; sino, lo harán los comunistas y los anarquistas. A menos que consintamos otro baño de sangre en el Sur de Europa, debemos actuar y ser generosos. En eso estamos todos de acuerdo, ¿no es cierto? -murmullos de aprobación- Conozco a Felipe: ayúdenle y les ayudará. Y denle algo al pueblo español para que los tiempos de revoluciones sean historia ya para siempre.
– Por nuestra parte -intervino Henry, que se había vuelto a quitar las gafas y las sostenía por una varilla con la diestra- puedo asegurarles que las grandes multinacionales no abandonarán el país cuando yo, personalmente, les comunique su intención de integrarse en nuestra órbita ideológica de defensa del libre mercado. Además, les prometo que aconsejaremos a los mercados para que no les falte financiación… engrosando su deuda, naturalmente.
– No tenga usted la menor duda de nuestras intenciones, señor Secretario de Estado- se apresuró a intervenir Felipe.
– Ya, ya…
– Ummmh… veo que adelantamos. Nuestras fábricas de automóviles y de tecnología de electrodomésticos mantendrán sus sedes en España, no lo duden. Facilitaremos a España que sus importaciones a Europa se incrementen, y promocionaremos todavía más el turismo de nuestros compatriotas en su país, cosa que estoy convencido que mis colegas europeos igualmente harán; ya lo he hablado con ellos. Al fin y al cabo -añadió mirando a Felipe con una sonrisa- ustedes tienen el Sol y las mejores playas… y bellas mujeres.
Todos rieron; sin embargo, Felipe observó que Torcuato fruncía el ceño y se dirigió a él.
– Torcuato, por favor, si tiene alguna duda, suéltela ahora.
– Sencillo, Felipe. Todo eso que ustedes dicen está muy bien, claro. Pero hay que realizarlo, y vosotros, Felipe -el tuteo no pasó desapercibido, aunque nadie dijo nada- sois unos desconocidos. Y no todo es prever cómo haréis esa economía del bienestar (por cierto ¿qué es eso?, ¿acaso estáis mal en España?), sino cómo haréis para ganar alguna vez las elecciones. Necesitaréis financiación, tú lo has dicho…
Dejó un largo silencio durante el que nadie dijo nada, sabedores de que Torcuato quería ir a alguna parte. Luego siguió.
– Pero estoy seguro de que tanto el señor Banquero como Henry harán lo posible en ese sentido -los aludidos afirmaron con la cabeza- Pero hay algo más: necesitáis ya un medio de comunicación influyente que os abra paso. En eso, yo tengo gente con mucha experiencia.
– La Vanguardia… – empezó Felipe
– Es catalana y monárquica, ahí no pescaréis un voto. No, lo que vosotros necesitáis es el primer periódico del país…
– Hombre, Torcuato, no creo yo que el ABC…
– Calla, calla -se rió sordamente el representante de la monarquía- El ABC es lo que es y lo seguirá siendo por mucho tiempo. No.
– Pues no veo yo periódicos hoy en día…
– Hace tiempo que trabajo en la idea de un gran periódico de la izquierda moderada. Como los hay en Francia o en Alemania o Italia… Se llamará El País, he hablado con Spottorno y se pondrá inmediatamente a ello. En poco menos de un año, creemos que puede ser el segundo en tirada. Fichará a intelectuales reconocidos próximos a las ideas socialdemócratas y les dejará opinar lo que quieran. Pondremos al frente a los mejores profesionales educados en EEUU e Inglaterra; españoles progresistas moderados todos. Por otra parte, abriremos todavía más la mano en TVE en los programas de debate: es necesario culturizar al pueblo para que acuda convenientemente a las elecciones.
Felipe no salía de su asombro: el hombre del Rey, el de la prensa reaccionaria, le regalaba un periódico para que le apoyase. Siempre había tenido a Torcuato como un contrincante inteligente, lo que no se esperaba era encontrarse con un compañero eficaz.
– España necesita dos grandes partidos, como cuando la Restauración con Cánovas y Sagasta. A eso hemos venido hoy aquí. Obviamente los tiempos son otros, pero el Rey y yo mismo estamos dispuestos a defender ese modelo democrático. ¿Y ustedes?
Murmullos de aprobación. Todos afirmaron que su idea era exactamente esa. Felipe observó, una vez más, que el General era el menos entusiasta.
– Vamos, General, que España está a salvo de rojos y masones. No se preocupe, hombre. -Henry parecía haber observado lo mismo que Felipe y le hablaba así al General V. Se notaba que tenía mucha experiencia en el trato con militares fascistas.
Hablaron de más cosas durante un rato. Primaban las consideraciones generales y cierto buen humor, aunque al general seguía sin vérsele muy convencido. Se citaron para sucesivas reuniones y contactos para concretar detalles y flecos que pudieran surgir; pero lo importante ya estaba decidido: España sería una monarquía capitalista, constitucional, con dos grandes partidos turnándose en el poder y con los medios de comunicación controlados.
Cuando se despidieron, Felipe tenía la seguridad de que Henry se iba satisfecho. Y así se lo dijo.
– Verá, Felipe -le contestó el americano- da gusto hablar con ustedes. Vengo de una gira por Sudamérica, Argentina, Chile y Paraguay… allí todo es distinto, todo se exagera y las reuniones nos obligan a tomar decisiones difíciles, incluso crueles… allí los socialistas y comunistas, sí son un peligro. Lo dicho, un placer…
Cuando sus manos se separaron Felipe se dio cuenta de que ya no sudaba.
Tuvo la certeza de que no volvería a sudar nunca más.