El president thunderbird

 

A mí siempre me ha recordado a uno de esos muñecotes futuristas de las series de los 60, los Tunderbirds, que acá se llamaron “Los guardianes del Espacio” (los jóvenes clicad en: https://www.youtube.com/watch?v=hlkMt8mfudo&list=PL87C6F6E19A71CD32 ).

Tunderbird President

Tunderbird President

Es por esa mandíbula prominente con la que nos apunta. Angulosa como las de aquellos héroes de plástico, resuelta y cuadrada, muy cuadrada. Y el tupe exacto, decidido, la nariz enfilada, ni grande ni pequeña, algo griega, los ojos duros y oscuros, el traje impecable, alisado como un rascacielos americano, muy tieso.
Aquellos héroes evolucionaban en la pantalla de la tele de dos canales en  insólitas aventuras de alucinantes cohetes polímeros que entonces nos hacían soñar, y que ahora puedes encontrar en un huevo Kinder. Eran otros tiempos. Él los deber recordar como yo, nacimos el mismo año, el 56. Como Bosé, pero menos guapos: dios y la madre naturaleza son poco democráticos repartiendo sus dones.

A él también le conozco por la TV. Es un decir, ¡conocemos a tantos por el plasma, hoy en día. Por la pantalla de la TV sabemos de ellos. Igual que supimos que el hombre (americano) había llegado a la Luna: lo decía la tele, lo enseñaba la tele. Es así. Preguntadle hombre de la calle o al del bar si conoce al presidente del gobierno: y os responderá “claro, es Rajoy”. Porque le conoce por la TV, sabe que existe. Por eso lo sabemos casi todos. Y lo mismo con la Lola Flores o Guardiola o Madona: están en la tele, luego les conocemos. No me preguntéis por qué menciono estos personajes y no a otros: son los primeros que me han venido a la cabeza. Algo freudiano supongo, porque ni me gustaba la Lola de España, ni soy muy futbolero que se diga, y además sería incapaz de reconocer si una canción es de Madona . Su figura, es otra cosa.

A aquellos Thunderbirds los movían unos hilos que en general no podíamos ver, aunque se intuían en sus gestos hieráticos y un tanto rudos. La poca expresión que manifestaban se debía al movimiento de sus cúbicas mandíbulas y a que podían parpadear y girar la cabeza: esa era toda su gestualidad. El resto lo ponía la imaginación de cada cual. Ellos viajaban por las galaxias, derrotaban a los malos montados en futuristas naves espaciales, motos voladoras y todoterrenos de ruedas monumentales. Eran heroicos juguetes que nos entretenían cuando volvíamos del cole corriendo para no perdernos un capítulo.

La imaginación ponía todo lo demás, es cierto. Imaginábamos su dolor, sus cuitas y amores, su sentido del deber tan americano. Nada nos importaba que los movieran unos hilos; olvidábamos que eran marionetas, a nosotros lo que nos importaba, lo que veíamos en realidad, era lo que despertaban en nuestra imaginación. ¡Ah, cómo de emocionante iba a ser el futuro que nos aguardaba!, pensábamos.

Hijos del 56, aunque eso apenas quiera decir nada. Excepto que seguramente compartimos los Thunderbirds y algún sueño de aquella circunspecta programación de la España del Movimiento Nacional, con el mediterráneo sepultado en aguas residuales, hileras de fábricas del Poble Nou, las atarazanas y unas Ramblas que no llegaban al mar, sino a las tres Carabelas bajo la sombra de un Colón gigante que con su dedo señalaba a alguna parte. Una ciudad en blanco y negro, gris como la tele, mas incapaz de contener nuestra imaginación: “¡cómo de emocionante iba a ser el futuro que nos aguardaba!” Como el de los Thunderbirds, claro.

Y crecimos. Él y yo, cada cual a su aire, al de la vida que empuja y empuja sin parar. El crecía al acoplado a ese mentón se hacía cada vez más prominente, decidido y resueltamente rectangular. Me lo imagino surcando el proceloso mar de la existencia con esa quilla trapezoidal hacía objetivos mayores, éxitos políticos y personales. Hacía una satisfacción que, hasta hace poco, lucía en el gesto, en la mirada.

Pero algo ha cambiado en él, últimamente. Yo le veía como os lo he contado: tupé y mandíbula de hierro por la tele. Algo hierático en los gestos, seguramente a causa de los hilos invisibles.

Sí algo ha cambiado, en algún momento sus movimientos abandonaron el gesto sincopado de siempre: seguían un tanto hieráticos -la costumbre no se pierde fácilmente, supongo- pero se meneaba de otra manera y, sobre todo, más. Empezó a prodigarse subiendo y bajando escalinatas, agitando las manos como un italiano, y achicaba los ojos cada vez más buscando nuestra complicidad, mendigándola casi. Se le veía desesperado por empatizar. Y hasta cambió de compañeros, hizo nuevos amigos de viaje. Bueno, todo eso ya lo habéis podido ver vosotros en el plasma, por supuesto.

Pero lo que a mí me llama la atención ahora es esa mirada que intenta enmascarar. Una mirada que ya no va a juego con esa mandíbula, que la traiciona. Una mirada trémula a ratos, algo triste, de quien sabe que al final del trayecto no podrá regresar a casa en una flamante nave espacial. De quien ha descubierto que ya no es un verdadero Thunderbird.

Estoy convencido de que no sabe exactamente cuándo se le desprendieron los hilos del cuerpo. Quizá fue poco a poco, primero los de la cabeza, luego los brazos, los codos, las rodillas, los pies… Pero la fecha rondará cuando las últimas elecciones al Parlament. Fue tal el batacazo, creo, que bien pudieron entonces soltarse algunos. Luego debió ser inevitable que los demás fueran cayendo, uno tras otro, a cada nuevo movimiento.

Ya era libre ¿entonces a qué viene esa velada tristeza?, ¿a qué ese temblor solapado? Esa es una cuestión que habrá que resolver algún día. Yo tengo mi teoría, como no.

Pienso que la libertad él no la quería. Que nunca la quiso, ni era su meta. Que se lanzó a aquellas elecciones convencido de que su victoria le traería unas palmaditas en la espalda. Las que le darían quienes mueven los hilos. ¡Aplaudían tanto los niños en el guiñol, que se creyó la marioneta que era a él a quien aplaudían! Pero el despertar tras el recuento debió ser duro. Los que mueven los hilos acá debían estar cabreados de verdad. ¡Pobre Thunderbird President, de pronto se le habían soltado algunos cabos y nadie le daba palmaditas. Dio algunos pasos casi libre y encontró el vacío. Seguramente fue entonces cuando supo que, si quería sobrevivir, tenía que buscar nuevos amigos, quienes fuesen, e iniciar una aventura sin la seguridad que dan unas buenas sujeciones.Luego, vino lo que vino, hasta hoy.

Ah, mi teoría, se me olvidaba. Os la cuento, es muy simple. ¿Qué causa esa tristeza y ese temblor nuevos del Thunderbird President? Pues, creo yo que se deben a que añora aquellos tiempos en que sólo tenía que lucir mandíbula y parpadear porque otros eran los que decidían hacía dónde había que ir. Creo que el President tiene nostalgia de aquellos tiempos en que todo estaba claro, en que se trataba de negociar unos dinerillos mientras aplicaba el neoliberalismo de manual que le ordenaban. Creo que, con el fracaso en aquellas elecciones, descubrió que no era él el listo, sino otros; y que, aunque era más feliz siendo lo que siempre había sido, una marioneta que no necesitaba pensar demasiado, ya no podía volver sobre sus pasos.

Si pudiera borrar estos dos años, si pudiese volver a antes de aquel maldito día que pensó que era él a quien aplaudían los niños… si pudiera, lo haría.
Sí, el President thuderbird está triste, no lo dudéis. Miradle bien, que no os engañen sus aspavientos y bravuconadas, le aqueja una melancolía que sólo enmascara su necesidad de sobrevivir. Al fin y al cabo es un Thunderbird político.

Y barrunto que sopesa, con su cerebrito de madera mejor que con su mandíbula de polímero, la opción de terminar la legislatura, a ver se recomponen los anclajes, si los hilos vuelven a manos de sus verdaderos amos y dejar, oh qué descanso, sí, dejar correr el tiempo. Porque sabe que si no lo hace así, puede que sus nuevos “amigos” lo desmantelen y lo metan en una caja olvidada de las muchas que hay en el desván.

Y en el desván hay polvo y mucha penumbra.

Y algo todavía peor: mucha soledad.

josep